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Fantasía final Quién le iba a decir al señor Sakaguchi que su fantasía final llegaría tan lejos… Esa fantasía gestada con una Squaresoft en bancarrota, como obra postrera a imagen y semejanza del primer Dragon Quest de Enix. Quién le iba a decir a nuestros amigos que, a día de hoy, su fantasía final lleve más entregas que pelos tiene Mario en el bigote, por no mencionar que de estos Final Fantasy, por no tener, ya no tienen ni el sello de Squaresoft, sino el de Square Enix.  Me atrevería a decir que somos muchos aquellos que tras jugar a Final Fantasy X sufrimos de mal de vientre. Recuerdo cómo las diez horas que soporté estoicamente a los mandos de mi PlayStation 2 sólo sirvieron para que me preguntara con pena… “¿por qué?” Estoy viendo en las filas de atrás que los roleros comienzan a mirarme mal, así que vamos al grano. Lo primero que hice tras la inmensa decepción fue retomar portátil en mano a este clásico de Super Nintendo que hoy nos ocupa y volver a sentir lo que es un Final Fantasy de los añejos, con sus 2D a todo color, sus giros argumentales radicales, y, en definitiva, la esencia que hizo grande a la saga.  La metodología lúdica de este título es de largo conocida; queda en nuestras manos una larguísima aventura con un inicio simple, que secuencialmente se va enreversando y enriqueciendo en matices, mientras que nuestros personajes suben de nivel y adquieren habilidades. Como punto de partida sabemos que la energía global se concentra en unos cristales mágicos que, como mandan los cánones, comienzan a debilitarse. No sólo eso, los cristales llegan a romperse, poniendo en peligro el equilibrio del mundo. Nuestros héroes se conocen por casualidad y se ven empujados a una misión extremadamente difícil si no imposible: aprovechar la fuerza de los cristales para impedir la desaparición de su tierra tal y cómo la conocen. Electro++ El núcleo del juego consiste en librar intensas batallas por turnos, ya sea en el enorme mapa del mundo o bien en complejas mazmorras, a la vez que visitamos distintos pueblos y castillos para abastecernos y conocer a personajes secundarios. Ya sus predecesores nos obsequiaban con todo un universo con el que interactuar y con este sistema de combate, pero los cambios y novedades de Final Fantasy V son notables.  Si por algo merece ser recordado especialmente este Final Fantasy es por el perfeccionamiento y refinado del sistema de profesiones que ya viéramos en la primera y tercera entrega. Con la batalla, además de conseguir putos de experiencia que nos hacen ganar nivel (y con ello aumentar nuestro poder), se consiguen puntos de habilidad con los que aprenderemos habilidades especiales según la clase que escojamos. Cuando optamos por una profesión, ganamos una habilidad intrínseca, además de tener a disposición otra habilidad a elegir de entre las antiguas habilidades desbloqueadas gracias al dominio de una profesión anterior.  Esto conlleva un altísimo grado de personalización y la posibilidad de adaptar nuestro estilo de combate como nos plazca. Llegar a dominar todas las profesiones es harto complicado, y supondrá un auténtico reto reservado sólo a los roleros más concienzudos. En otras palabras, aquí hay juego para rato. Quede claro que este Final Fantasy V Advance no es más que una versión bastante directa del juegazo de la Super Nintendo, siendo prácticamente la única novedad a nivel de juego un puñado de profesiones y habilidades nuevas. Ojo, que como bien dicen, el que tuvo retuvo, y ya el clásico de dieciséis bits por sí sólo es motivo de adquisición per se.  En cuanto a la jugabilidad, este título tira de la línea de Final Fantasy IV en lo que respecta al ritmo del combate. De este modo, se recicla el “Active Time Battle”, más conocido como barra de acción. Podemos ejecutar una acción cuando se llene una barra, cuya velocidad depende de nuestras características, y puede ser manipulada por hechizos, tanto de magia blanca como negra. Por detalles como este y un buen puñado de virtudes más que este clásico RPG es recordado como uno de los más jugables de toda la saga, imponiendo un estilo que a todas luces consagraría los pilares lúdicos que hasta no hace demasiado abanderaba el nombre de Final Fantasy.  Finalmente, es casi imposible desligar Final Fantasy de un artista como Nobuo Uematsu. De nuevo las piezas del sempiterno compositor nos acompañan, manejando con soltura diversos registros. Desde la música folk a canciones con un marcado sabor rockero, pasando por temas de corte renacentista a base de laúd, Uematsu consigue esa atmósfera y variedad que distingue claramente a una localización de otra. Un trabajo más que meritorio, gracias en parte al poderoso cerebro de la bestia y su chip SPC-700, trabajo que luego heredaría tal cual la pequeña (a la vez que gran) GameBoy Advance. Conclusión Pasan los años y este juego sigue siendo, a título personal, uno de los mejores en su clase. No en vano, este gran RPG fue el último en la saga que tuvo como director al maestro Hironobu Sakaguchi, que luego tomó un papel menos relevante, produciendo o supervisando las entregas posteriores. Si no fuera suficiente la calidad, hay cantidad de sobra. Si nos dedicamos a recorrer el mapeado y desentrañar cada secreto de este universo sobrecogedor, las horas se cuentan por decenas, o incluso por cientos. En definitiva, una magnífica manera de volver la vista atrás y saborear las raíces del género, oportunidad única que nos brindara de forma sublime y de manera oficial (recordemos que el Final Fantasy V original nunca fue distribuido en España) la todavía para muchos vivaracha GameBoy Advance. Si quieres comentar este texto, picha AQUÍ
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